El Jinete sin Rostro y el Viento de la Puna

El Testimonio de Don Ciriaco: Cuando la Puna te Busca en la Oscuridad

La Soledad que Grita

No hay nada más silencioso y a la vez más ruidoso que la Puna andina a medianoche. El frío te muerde los huesos, y el viento, ese viejo narrador de desgracias, te susurra al oído cosas que solo la coca mascada y el silencio ancestral pueden entender. Yo, Ciriaco, he vivido setenta y cinco años viendo nacer y morir el sol en estos cerros de Apurímac, y he visto cosas que el hombre de ciudad, con su luz eléctrica y su cemento, nunca creería. Pero lo que me pasó hace poco más de un año, a esa edad en la que uno se supone que solo espera el fin en paz, me ha dejado temblando. He de contarlo, aunque me tilden de viejo loco, porque el miedo, el miedo de verdad, es el que te toca y luego sigue su camino, dejándote marcado.


1. La Partida Tarde y la Advertencia del Camino

Esa tarde de fines de abril, el tiempo se me hizo corto. Había ido al pueblo bajo, a Chalhuanca, a vender unos quesos de mi rebaño y a comprar sal y kerosene. La jornada fue lenta, la gente regateaba más de lo acostumbrado, y cuando me di cuenta, el sol ya se estaba poniendo detrás de las cumbres nevadas. Debí quedarme, lo sé. Pero mis animales, mis diez alpacas y mis veinte ovejas, estaban solas en la apacheta de altura, a más de 4,500 metros.

El camino de vuelta era solo una trocha de tierra y piedra que se perdía entre los ichus amarillos. Me monté en mi burro, «Sombra», y empecé a subir. A las siete, la luz ya era apenas un recuerdo gris.

Fue al pasar por el abra de la Qochapata (la «Planicie del Lago»), un lugar donde el camino se estrecha entre dos peñas negras y el viento aúlla, que el viejo Mamani, que bajaba con su carga, me detuvo.

«Ciriaco, estás loco. Mira cómo está la noche. ¿No has oído el Viento Malo

El Jinete sin Rostro y el Viento de la Puna

El Viento Malo. Los abuelos decían que es el aliento de las peores penas. Se siente como si el aire se hiciera más denso, más helado, y lleva consigo un olor a tierra mojada y a algo más, algo… visceral.

«Voy a apurar a Sombra, Mamani. Mis bichos me esperan,» le dije, tratando de sonar firme.

Él me miró con sus ojos acuosos, pero profundos. «No mires atrás. Y si oyes cascos, Ciriaco, no preguntes quién viene

No dijo más. Me dio la espalda, y se perdió en la oscuridad. Su advertencia me dejó un escalofrío que no era solo del frío.


2. El Sonido de Cascos y el Peso del Silencio

Pasada la media hora, ya estaba envuelto en una neblina tan espesa que Sombra apenas distinguía la senda. El silencio era casi total, roto solo por el jadeo del burro y el crujir de las piedrecillas bajo sus patas. Era un silencio mentiroso.

De repente, lo oí.

No era el sonido de Sombra. Era un golpeteo rítmico, pesado, de cascos de caballo viniendo detrás de mí, en la misma trocha. Extraño. ¿Quién más estaría viajando a esa hora y por esa ruta que evitaban hasta los comuneros?

Los cascos se hicieron más cercanos, pero con una cadencia extraña. Eran irregulares, como si el jinete tuviera prisa, pero estuviera forcejeando con la bestia.

Mi corazón empezó a latir con fuerza. Recordé las palabras de Mamani: «Si oyes cascos, no preguntes quién viene

El sonido estaba ya muy cerca, a unos diez metros. Sentí el calor del animal, o quizás, era el calor de mi propia sangre hirviendo por el terror. El caballo bufaba de una forma gutural y profunda. Lo más inquietante es que, a pesar de estar tan cerca, no oía el crujido de la montura, ni el golpeteo de las riendas, ni la respiración del jinete. Solo el peso de la bestia y el paso de los cascos.

Instintivamente, hice lo que Mamani me había prohibido: miré por encima de mi hombro izquierdo.


3. El Jinete sin Rostro: La Visión de lo Vacío

La neblina se abrió por un instante, como un telón, y lo vi.

Era un caballo grande, oscuro, más grande que cualquier animal que hubiera visto en los Andes. Sus ojos, en lugar de reflejar la escasa luz lunar, parecían absorberla, dejando solo dos puntos de negrura absoluta. Su pelaje, aunque grueso, estaba tan enmarañado que parecía formar parte de la oscuridad.

Pero lo que me hizo gritar —un grito ahogado y ronco— fue el jinete.

Estaba sentado erguido, con una postura rígida, vestía un poncho grueso, negro como la noche. El detalle era que no tenía rostro.

Donde debería haber estado su cabeza, había una masa informe, una especie de neblina densa y viscosa que cambiaba de forma constantemente: por un momento parecía una calavera deforme, al siguiente, un remolino de aire. No tenía ojos, ni boca, ni nariz, solo ese vacío hirviente, ese agujero que parecía chupar la poca luz del camino.

El Jinete sin Rostro y el Viento de la Puna

Y la mano. Su mano derecha, de dedos anormalmente largos y huesudos, no sostenía riendas. Estaba posada sobre la crin del caballo y brillaba con una luz húmeda y rojiza, como si estuviera hecha de arcilla fresca y sangre.

El Jinete sin Rostro no me miraba con ojos, pero sentí su atención completa y fría clavada en mí, como un cuchillo de obsidiana en el pecho.


4. La Persecución de los Sentidos

El terror me liberó de mi parálisis. Apreté a Sombra con las piernas y grité, un sonido primario que se perdió en la inmensidad de la Puna. El burro, asustado por mi histeria, y quizás percibiendo algo peor, galopó como nunca.

El Jinete sin Rostro no aceleró de golpe, sino que mantuvo la misma cadencia pesada, implacable. Pero ahora, a medida que la distancia entre nosotros se mantenía, el verdadero horror comenzó a manifestarse: el miedo dejó de ser solo mío.

Empecé a sentir una presión física terrible en la cabeza, como si miles de agujas invisibles trataran de atravesar mi cráneo. Luego, el frío se hizo insoportable, pero no era el frío normal de la sierra; era un frío que venía desde adentro, un frío de tumba que congelaba mi voluntad.

Lo peor era el sonido que emitía ahora esa cosa. No era una voz, sino una vibración profunda y grave que resonaba en mi pecho, como si la tierra estuviera gimiendo. Era una pregunta, lo sabía, una pregunta que me exigía nombrar al jinete, reconocerlo, darle un nombre para que pudiera llevarme.

Mi mente gritaba: ¿Quién eres? ¿Qué buscas?

Pero recordé a Mamani: no preguntes quién viene.

Tuve que morderme la lengua hasta sentir el sabor metálico de mi propia sangre para evitar gritar la pregunta. Si lo nombraba, sentía que mi alma se desataría de mi cuerpo.

El Jinete estaba tan cerca que podía oler un tufo a humedad, azufre y metal oxidado. Sentía que la neblina alrededor de su cabeza sin rostro se estiraba, buscando tocarme.


5. El Desvío y el Amanecer Helado

Vi el desvío a mi pequeña apacheta. Era una hendidura casi invisible en la roca. Era mi única oportunidad.

Giré bruscamente, forzando a Sombra a internarse en el desvío. El burro, aliviado por cambiar de rumbo, se arrastró por la senda. Por instantes, el sonido de los cascos del Jinete pareció desaparecer.

Me tiré al suelo y me arrastré entre el ichu y las rocas, conteniendo la respiración. El ruido de los cascos regresó, esta vez frenético, golpeando la trocha principal justo donde yo me había desviado.

Escuché al Jinete sin Rostro pasar. La vibración era ensordecedora, y sentí que la neblina negra se cernía sobre el desvío. Pero no cruzó el umbral. Por alguna razón, la pequeña apacheta, mi hogar, parecía ser una tierra prohibida para él.

Pasaron diez minutos, luego veinte, que se sintieron como siglos. El sonido se fue apagando, dejando tras de sí un silencio de ultratumba. Cuando por fin me atreví a mirar hacia el cielo, un tenue color rosa comenzaba a teñir las cumbres.

El sol salió, y con él, el terror se retiró.

Encontré a Sombra temblando cerca de mi choza. Estaba cubierto de espuma y tenía los ojos inyectados en sangre. Yo no me atreví a entrar. Me quedé sentado, temblando, hasta que el sol estuvo alto y caliente.

Hasta hoy, no sé qué era esa cosa, ese Jinete sin Rostro. Algunos comuneros antiguos dicen que es el «Qaqcha», un espíritu que vaga por los caminos altos, llevando consigo la mala suerte y la muerte a quienes lo nombran en la noche. Solo sé que, desde esa vez, la Puna nunca más me pareció un lugar de paz. Ahora sé que en la oscuridad, la soledad te mira de vuelta, y a veces, viene a cobrarte la compañía.

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