Yo me llamo Nemesio Huamán, tengo ya más de sesenta años, y esto que voy a contar pasó hace unos veinte, aunque le juro, compadre, que todavía sueño con eso.
Vivo en una comunidad de Cotabambas, cerquita del río Chalhuahuacho. Antes había más chacras, más maíz, más gente que salía a pastar por las noches. Ahora, muchos se han ido, dicen que por el trabajo, pero yo sé que no todos se fueron caminando…
Aquella vez era junio, tiempo de heladas. Había que cuidar los animales porque los zorros bajaban del monte. Yo me quedé solo esa noche, con mi perro “Waska”, cerca de la Quebrada Negra, donde dicen que antes los antiguos hacían pagos al cerro.
Todo estaba en silencio, solo el viento soplaba bajito, como rezando.
A eso de las once, escuché un silbido largo, finito, como de una flauta hecha con hueso.
No era de muchacho —yo sé cómo suena eso—, era un silbido que venía de lejos pero sentías que te pasaba por el cuello.
Mi perro empezó a gemir, se escondió bajo el poncho.
Ahí supe que algo no era normal.

Me levanté con la linterna y salí. El camino brillaba de escarcha.
Al fondo, entre los eucaliptos, se veía una sombra que caminaba sin dejar huella.
No corría, pero se movía rápido, como si el aire la empujara.
De pronto, escuché que el río calló —sí, como si el agua se hubiese detenido.
Y en ese silencio… el silbido otra vez, esta vez detrás mío.
—¿Quién anda ahí? —grité.
No respondió.
Solo sentí ese olor a tierra mojada y carne vieja, como cuando uno desentierra una papa podrida.
Entonces lo vi.
No sé si era hombre o bicho.
Tenía el cuerpo cubierto de barro, los ojos blancos, sin pupila, y una sonrisa larga que no se movía.
Y algo colgaba de su hombro, como una bolsa de piel.
Pero lo que más me asustó fue que sus pies no tocaban el suelo; se deslizaba, y cada vez que avanzaba, la escarcha se derretía bajo él.

Corrí como pude hasta la casa, cerré la puerta, y el perro no quiso salir nunca más después de eso.
A la mañana siguiente fui a ver las huellas… no había nada.
Solo un círculo de barro fresco y un montoncito de cabellos negros dentro.
Después pregunté a los viejos del pueblo. Uno, don Agapito, me dijo bajito:
—Ah, hijo… eso que viste lo llamaban El Silbón.
Es un alma que no tiene cuerpo propio.
Busca cuerpos cansados, hombres que pastan solos.
Si te silba lejos, no pasa nada…
Pero si lo escuchas cerca, ya te está oliendo el alma.
Desde ese día no volví a dormir en el campo solo.
Otros dicen que lo vieron también, que se lleva a los que no cumplen las ofrendas del cerro o a los que se burlan de los espíritus.
Yo no sé, pero cada vez que el viento sopla en esa quebrada y el río calla un ratito… yo cierro la puerta, apago la vela, y rezo bajito.
Porque allá, en Cotabambas, hay cosas que no se cuentan por miedo.
Y hay noches en que el Silbón vuelve a buscar cuerpo.